Luciano Castro con la pija caída

La novela Castro–Siciliani terminó como terminan las cosas en este país: no por falta de amor, sino por exceso de audios. El tipo, que venía vendiendo la imagen de “rústico sensible”, quedó atrapado en su propio crossfit emocional cuando aparecieron los mensajes con la danesa. Y ahí se cayó a la mierda la estantería. Griselda, que ya había visto suficientes temporadas de su propia vida, decidió bajarse del barco antes de que la salpicara más la leche mediática.


Ahora el hijo de puta anda diciendo que perdió “al amor de su vida”, mientras los programas de chimentos hacen fila para repartir culpas como si fueran pijas en el Derecha Fest. Ella, en cambio, se corrió un paso al costado con la elegancia de quien ya entendió que el verdadero problema no es la infidelidad, sino la repetición. Y así, entre panelistas con la pija parada y arrepentimientos tardíos, la pareja más improbable del espectáculo argentino se convirtió en otro capítulo de la gran telenovela nacional: la de los hombres que llegan tarde a su propio personaje. Al final, Lamote sigue siendo la mejor opción para Vicky.

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