
Llega el «Chupapija Fest»
El Chupapija Fest aterriza en Mar del Plata como esos cruceros que bajan turistas con la ilusión de “descubrir” una ciudad que ya existe sin ellos. Se presenta como un Woodstock de la libertad pero huele más a feria de souvenirs ideológicos: stands de indignación prefabricada, paneles donde se reciclan las mismas frases de manual y un público que aplaude como si estuviera comprando dos por uno en certezas. Todo envuelto en esa estética de rebeldía enlatada y psicótica que intenta venderse como contracultura mientras repite, sin pestañear, el mismo guion que critica. Y si hablamos de chupapijas… ¿Quién va a ser el orador principal? Milei, chupapijas oficial de Donald Trump. ¿Acaso hay algo superior en materia de chupar pijas?
Y sin embargo, lo más encrudo no es el festival en sí, sino la postal que deja: una Mar del Plata convertida en escenografía, usada como telón para discursos que no miran ni escuchan a la ciudad real. Afuera, la vida sigue con su mezcla de viento salado, changas, colectivos que no llegan y veranos que duran lo que dura la plata. Adentro, el show promete épica pero entrega merchandising para romperse el orto entre ellos. Es el contraste perfecto entre la política como performance y la política como vida cotidiana. Y en ese choque, el festival queda expuesto: mucha leche, poca mierda.
