
¿Y ahora que mierda hacemos?
El Mundial se terminó y la sombra es más densa todavía porque sabemos lo que viene: volver al fútbol nuestro, al vernáculo, al de verdad, al que te recuerda que la magia dura un mes y la crudeza, todo el resto del calendario. Se apaga el Mundial y reaparecen las canchas vacías sin visitantes, la iluminación que parece alimentada por velas, la televisación que quedó atrapada en los 90s. Volvemos a ese fútbol que amamos por costumbre, no por belleza; ese fútbol que te devuelve a la realidad como un cachetazo: jugadores de segunda, estadios que se desmoronan, partidos que parecen filmados desde un balcón.
La tristeza post Mundial se vuelve más oscura porque no hay transición: pasamos de ver a los mejores del planeta con gente de primer mundo en las tribuns a mirar un torneo que parece armado con lo que quedó. Cuatro años de esta intemperie, de este fútbol que se juega como si la luz fuera cara y la alegría un lujo. Cuatro años esperando volver a sentir algo que no se consigue en ninguna cancha local, porque el Mundial es un mes de vida extraordinaria y lo que viene ahora es la resaca más larga del mundo. La certeza de que lo mejor ya pasó… y que lo que vuelve es lo de siempre, lo que duele, lo que pesa, lo que no alcanza.
Fin.
