Luzu, una crítica puta

Los canales de streaming tipo Luzu viven en un ecosistema raro: dicen que vinieron a romper todo, pero lo primero que hicieron fue armar un living. Un living. Con sillones beige, plantas de plástico y micrófonos que parecen más caros que las ideas de mierda que circulan.

Son como la tele, pero sin la responsabilidad. Porque en este universo, cualquier conversación entre boludos  es “orgánica”, cualquier silencio es “momento”, y cualquier pelotudez interna es “comunidad”. La palabra comunidad la usan tanto que ya parece un detergente.

El modelo es simple: tres forros, un invitado, una anécdota que no va a ningún lado y un productor que hace caras detrás de cámara para que parezca que pasa algo. Y si no pasa nada, mejor: el algoritmo ama el vacío.

La épica es siempre la misma: “acá somos libres, acá nos importa todo una mierda”. Pero la libertad dura hasta que aparece un sponsor o un tuitero con la pija loca como el autor de Drácula. Ahí se acuerdan de que la libertad también tiene factura.

El streaming tipo Luzu es la versión 2026 del fogón adolescente: todos hablan al mismo tiempo, nadie dice nada demasiado riesgoso y cada tanto alguien tira una frase que parece profunda pero es apenas humedad emocional. Al final nadie garcha.

Y sin embargo funciona. Porque en un mundo donde todo es una mierda, ellos ofrecen caca con iluminación cálida. Y eso, para mucha gente, es suficiente.

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