Pendejos de mierda

Lo más brutal de todo esto es la naturalidad con la que algunos funcionarios de este gobierno de mierda creen que pueden subirse a un auto borrachos y seguir representando a la ciudadanía como si nada.  Hablan de responsabilidad, de servicio público, de ejemplaridad, pero cuando llega la hora de demostrarlo, se esconden detrás de privilegios, excusas y silencios cómodos. Hijos de puta, todos los de este gobierno.

La escena se repite: un choque, un control fallido, un video que circula, y después el manual de siempre —negación, relativización, “errores humanos”— como si la vida de los demás fuera un detalle administrativo.

Y mientras tanto, la gente mira y toma nota. Porque no es solo el acto en sí: es el mensaje que dejan estos conchudos. Si quienes deberían cuidar las reglas las rompen con total impunidad, ¿qué queda para el resto? La confianza se erosiona, la credibilidad se evapora y la distancia entre la política y la sociedad se vuelve un abismo. Milei y toda su caterva de hijos de mil puta viven en un mundo de fantasía. No es un problema de comunicación ni de imagen: es un problema de ética básica. Y hasta que no lo asuman, seguirán manejando no solo borrachos, sino también a ciegas frente a la realidad que dicen representar.

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