
Una hija de puta inolvidable
En la política argentina hay hijos de puta que pasan desapercibidos. Algunos saben negociar, otros saben comunicar, y unos pocos —los verdaderamente dotados— dominan el extraño arte de decir una cosa, hacer otra y explicar una tercera sin que se les mueva un pelo. Patricia Bullrich pertenece a esta última escuela: la de la incoherencia performática, un género que no se estudia en ninguna facultad pero que ella ejecuta con la naturalidad de quien se hace la paja.
Bullrich no improvisa: ella curte un estilo. Uno que combina declaraciones en modo random, convicciones que se actualizan por Bluetooth y una capacidad admirable para sostener cualquier postura como si la hubiera defendido desde la infancia. No es contradicción: es versatilidad narrativa. No es confusión: es multitasking discursivo. No es desorientación: es exploración conceptual.
En tiempos donde la política exige claridad, Bullrich ofrece algo más valioso: sorpresa. Nunca se sabe qué versión de sí misma aparecerá en la próxima entrevista. ¿La ministra de mano dura? ¿La dirigente zen que pide diálogo? ¿La funcionaria que promete orden? ¿O la que explica el caos con una sonrisa? Es un catálogo completo, siempre disponible, siempre renovado.
Su relación con los hechos es igualmente creativa. Mientras otros se aferran a datos, ella prefiere trabajar con materiales más nobles: intuiciones, sensaciones, recuerdos borrosos y certezas que cambian de color según la luz del día. Es una artista conceptual, pero en el Ministerio.
Y sin embargo —o quizás por eso mismo— Bullrich sigue ocupando un lugar central en la escena pública. Porque en un país donde la realidad se mueve más rápido que las noticias, su estilo no desentona. Es casi lógico: si todo cambia, ¿por qué no cambiar también las declaraciones, las prioridades y las explicaciones?
Al final, Bullrich no está perdida ni borracha. Está, simplemente, explorando narrativas alternativas. Y en esa búsqueda, nos regala momentos que ya forman parte del folclore político argentino. No será coherente, pero es -sin dudas- una hija de puta inolvidable.
