
Rigoletto
Lionel Messi habló desde Atlanta y dijo algo que no necesita explicación: que «el Mundial es una alegría en medio de un país golpeado, que hay gente sin trabajo, que no llega a fin de mes, que la pelea es diaria». Lo dijo sin tecnicismos, sin planillas, sin metáforas. Lo dijo como lo dice cualquiera en la cola del súper o en la parada del bondi. Y por eso pegó. Porque Messi, cada vez que habla de Argentina, no habla como capitán: habla como ciudadano.
Un día después, el bufón presidencial Adrián Ravier salió a desmentirlo con una frase que ya quedó marcada: “No coincidimos en el Gobierno con esto de que la gente no llega a fin de mes.” Lo dijo con tono académico, como si la realidad fuera un debate y no una experiencia cotidiana. Admitió que hay personas en esa situación, pero rechazó que sea algo general. El problema es que la calle no funciona por excepciones: funciona por mayorías silenciosas que ajustan, recortan, resignan. Y cuando el capitán de la Selección describe lo que ve y el vocero describe lo que mide, el país queda partido entre dos narrativas que no se encuentran ni en la mitad de la cancha.
