La casta mileista

El Gobierno perdió un vocero y ganó un operador. No es un cambio de nombres: es un cambio de función. La renuncia de Adorni dejó un hueco que no se llena con palabras, se llena con política. Y Santilli es eso: política sin metáfora.

La salida de Adorni fue rápida, casi quirúrgica. Un día defendía al Gobierno en conferencias que parecían más un stand-up que un parte oficial; al otro, estaba entregando el cargo en silencio administrativo. La causa por enriquecimiento ilícito aceleró lo que ya estaba desgastado: un vocero que hablaba mucho y explicaba poco.

Santilli entra sin épica. No promete nada, no declama nada, no vende nada. Acepta un cargo que hoy es más bombero que estratega. Su tarea no es comunicar: es ordenar. Gobernadores, Congreso, internas, tensiones. Todo eso que no se resuelve con un tuit.

El Gobierno lo presenta como “músculo político”. Traducción: alguien que pueda hablar sin incendiar, negociar sin romper, y sostener sin gritar. No es glamoroso, pero es urgente.

La jura es mañana. La crisis ya empezó.
El resto es trámite. Nos gobierna la casta.

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