Chau HDP

Adorni no renunció: lo bajaron. La carta es apenas un decorado para una decisión que venía tomada hace días. El Gobierno necesitaba un gesto rápido, un sacrificio visible y él era el costo único. La investigación por enriquecimiento ilícito dejó hace rato de ser ruido y pasó a ser amenaza; cada filtración lo hundía un poco más y cada defensa pública lo exponía todavía más. El vocero más hijo de puta de la historia se había convertido en problema.

Karina Milei marcó la línea y, como suele ocurrir, se cortó por lo más fino. Caputo ejecutó, Santilli espera, Adorni firma. La renuncia llega envuelta en el relato clásico de “la familia”, “la presión” y “el honor”, pero la política no habla en esas palabras: habla en costos, y Adorni ya era demasiado caro.

Su salida no ordena nada, pero evita que el incendio avance. Es un movimiento defensivo, no estratégico; un manotazo para frenar la sangría. Adorni se va, no por convicción, sino por supervivencia ajena.

Deja un comentario